7/11/2009

Road to Rebirth

No podía creer todo lo que había acontecido, era hasta cierto punto imposible, irreal. Extendió ambos brazos y el calor del nuevo mundo lo regresó a la realidad. No más lluvias ni grises mañanas. No más frías y tediosas noches, no más. Abrió al fin los ojos y palpó ciegamente los alrededores de su celda, tan triste y sola. Puerta, ventana, catre, inodoro, ratas, él. Se volvió a echar y el calor del sol primaveral le tocó el rostro.
Nunca pensó en terminar en dicho lugar. Había hecho hasta lo imposible por no meterse en problemas, pero estaba claro que el violar algunas reglas era propio de su comportamiento. Se puso de pie y se sentó en el inodoro, la fría taza le recordó de donde venía, de la peste y el gris del cielo. Y sonrió, nada había cambiado, seguía siendo el mismo. Usando caretas para engañar a la gente, siendo tan hipócrita como el resto, no le hacía daño a nadie.
Permaneció sentado cuanto tiempo quiso. Las ratas entraban y salían de sus agujeros, buscaban comida, lo buscaban. El sol bajó al nivel de su ventana, se puso de pie y se echó en el viejo colchón. Una pesada nube de polvo se levantó y rodeó el catre. El brillante sol se despidió, tan anaranjado, rojo. Volvió a sonreír mientras una pequeña lágrima descendía por su mejilla.


Se durmió.

Al poco tiempo (no supo cuánto había transcurrido) se abrió la puerta, un fresco aroma a llaves, candados y cadenas le acarició el rostro, ya era la hora. Lo cambiaron, le pusieron las respectivas argollas en manos, piernas, cuello. El oxidado metal negro le hacía daño, pero eso poco le importó.

Caminó tembloroso.

A pesar de quererlo, no se sentía listo, necesitaba una noche más, sólo una. Un largo pasadizo de piedra, un largo trecho, el último. Vio la luz al final del túnel, vio gente y también a ella. Agachó la mirada, se sentía culpable, aun sin serlo. Levantó la vista en sentido contrario y la vio: la gran silla. Aquella de la que todos hablaban, y por la que un gran número dejaba de hacerlo. Tembló mucho más, tanto que pensó que se desvanecería antes de llegar a esta.

Se desmayó.

Al despertar se vio sentado frente a la “audiencia”. No podía mover ni manos ni pies, la cabeza tampoco, sólo los ojos, con terror. El padre le dio la bendición. Algunas personas sollozaron, otras lo maldijeron. Al menos no estaba solo.

Solo.

Cerró los ojos y pidió perdón. Ella lo escuchó, lloró y se volteó. La orden ya había sido dada. La palanca fue bajada y el tembloroso cuerpo del prisionero se contorsionó de muchas formas, atrapado en la silla. Los insultos no cesaron, los sollozos tampoco.

Sentado, solo, muerto.

Pero sonreía, nada había cambiado, seguía siendo el mismo, pues antes de hacer nada, incluso de nacer, había muerto.

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